De nada por mis 119 días

Hasta siempre. Y de nada. De nada por los 119 días de mi vida que me dejé ahí.

Nunca uno debe alegrarse de que un medio desaparezca, porque se reduce la pluralidad informativa y de entretenimiento. Aunque en este momento, es más lo segundo que lo primero. Nunca jamás me alegraré, por muy poco que comparta su línea editorial, o por muy poco que me gusten sus firmas. Jamás.

Pero hoy tenía que hablar.

Hoy desaparece un portal que no conocía hasta que pisé, a pesar de que yo creía que llegaba a otro, un medio hermano con mayor popularidad. Fueron los primeros en ofrecerme un contrato de periodista. ¡Qué bien! Me despedí de todos los compañeros que dejaba atrás —aunque los amigos siguieron a mi lado— en los dos empleos que compaginaba, llorando, porque dejaba el mayor talento que había conocido jamás. Pero era un contrato. Un contrato de periodista. Una especie en extinción.

Allí, en ese lejano y caluroso ático, me dejé 119 días. Cuando llegué sólo había ruido. Descontrol. Desorganización. Deseducación y desperiodismo. Mi criterio no valía, había que cambiarlo. Mi especialización tampoco, tenía que abrirme. Adecué mi criterio a lo que pedían, me convertí en una todóloga que no quiso firmar sus piezas. Nunca firmes con tu nombre nada de lo que no te sientas plenamente orgulloso. Algo que enmarcarías y colgarías en el salón de tu casa. Esa era mi máxima.

Sobreviví gracias a conversaciones escondidas, a cigarros que no fumaba.

Y ahora se van, y el que se despide nos da las gracias. No a mí, desde luego, sino a todos los que llegaron al final. ¡Valientes! Y lo hace ondeando la bandera del espíritu de un grupo de periodistas anhelantes de libertad e independencia informativa. Me quiere hacer creer que no vivían con mochilas que dan oxígeno económico pero que asfixian las ideas, pero muchas de mis ideas estuvieron guardadas en mi cajonera durante 119 días. En silencio. Con ganas de salir. ¿Se puede tener libertad profesional sin libertad personal?

Quizás su director sí quiso de verdad, como dice, dar la batalla de la credibilidad a favor de las cosas bien hechas y en contra de las chapuzas, aunque allí no lo noté. Porque yo, en ese lejano y caluroso ático, lleno de aire viciado, escuché el maldito «¡Tenemos que ser los primeros!» más de un millón de veces. Ni tampoco noté que diera igual cómo pensara su autor, ni dónde militara, no. No lo noté.

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Tampoco que fuera un intento de hacer periodismo de la máxima calidad, cuando la calidad no está en saber copiar un teletipo. Ya lo dijo Antonio Delgado: las marcas periodísticas no se construyen con noticias de agencias. La calidad está en la calle, no en una silla de oficina. Tampoco en un teléfono.

No noté muchas otras cosas, aunque lo que sí noté fue que el sueldo de los profesionales que allí trabajaban (y trabajamos) fue «la pasión y la esperanza de que el futuro nos devolviese lo que cada día dejábamos de ganar». Mi nómina notaba que le faltaban números, pero venía llena de esperanza. También noté las más de medio millón de horas de trabajo. ¡Claro que las noté! Las notaba cada día cuando intentaba no quedarme dormida en el coche al regresar a casa, después de haberme levantado a las 4:30 de la mañana y de haber cumplido jornadas maratonianas diarias de 9, 10, 11, 12, 13 e incluso 14 horas.

Me he ganado decenas, cientos de enemigos por el camino y en cierto modo, no me importa ganarme otros al escribir esto. Pero me tengo respeto a mí misma, y hoy tenía que hablar.

Allí conocí a gente muy capaz, muy profesional, y a muy buenas personas. Espero que esos que valen para esta profesión sigan adelante en el apasionante mundo del periodismo. Pero también allí conocí a malas personas. Malos periodistas y peores personas. No les deseo ningún mal, por supuesto, ya que de ellos también aprendí.

Y aprendí, entre muchas otras cosas, que todo tiene un límite, todo tiene un fin.

Mi límite fueron 119 días dejándome la vida. De nada por ellos.

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Una respuesta a “De nada por mis 119 días

  1. Tamara en estado puro. Me ha gustado mucho tanto el contenido, como el estilo. Enhorabuena.

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