Cuando éramos tolerantes…

Recuerdo cuando en plena época de vacas gordas infladas con aire este país decidió abrir las puertas de par en par a todos aquellos que quisieran ofrecer sus manos en nuestros campos. Nos sobraba trabajo, y a los españoles, aburguesados por aquel entonces, se nos caían los anillos con cualquier cosa que no fuera planchar cemento entre ladrillo y ladrillo, que era casi lo más obsceno que se podía hacer en el mundo laboral. No era tanta tolerancia como necesidad.

Poco antes, a comienzos de la década de los ’90, unos 2.500 refugiados procedentes de Bosnia-Herzegovina llegaron a España. No llegaron, los trajimos. En Bosnia se libraba una guerra que acabó con la vida de 100.000 personas y que obligó a 1,8 millones a huir de sus viviendas y en España vivíamos un año negro: un 24,55% de la población estaba en el paro, la cifra absoluta más alta de la historia. La Guerra del Golfo y el aumento del precio del petróleo, sumado a la devaluación de la peseta en busca de la tan ansiada competitividad de la economía dejaron a uno de cada cuatro españoles sin lugar donde trabajar. Aun así, fuimos sabios, tolerantes, receptivos. ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, pidió a España que sirviera de país refugio y el país aceptó traer a un millar de refugiados que se encontraban en campos de concentración en Bosnia. El Aragón, un buque de la Armada española, llegó a Cartagena con 383 bosnios, entre los que había unos 150 niños, el 21 de enero de 1993. España se convirtió así en «tierra de asilo» para los musulmanes que huían del horror.

Tras ellos llegaron más. Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad (MPDL) y la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) lideraron la tolerancia nacional organizando un proyecto para trasladar a otras 1.400 personas, que tras llegar a España recibieron un estatuto de protección. Algunos otros llegaron después. Y en España, uno de cada cuatro ciudadanos no podía trabajar. Pero éramos conscientes de que estas más de 2.000 personas ni siquiera podían vivir. Ni ellas ni muchas más que no pudieron llegar.

Hoy, 23 años después, ¿dónde quedó la tolerancia? Tras cuatro años de sangrienta guerra civil, Siria tiene a sus espaldas unos 190.000 muertos, según las últimas cifras de la ONU. Más de once millones tuvieron que abandonar sus casas. Al menos cuatro millones tuvieron que abandonar hasta su país. Obligados por la sangre. Y en España, un 22,7% de los españoles siguen sin trabajar. Casi dos puntos menos de desempleo, casi el doble de muertos y más de seis veces el número de desplazados. Pero ya no nos importa nada.

Y en medio de una crisis económica no tan terrible como la crisis de valores y de conciencia, apareceportada un salvador de la patria, Carlos Salas, a airear a los cuatro vientos la rancia mentalidad del racismo basado en el choque de culturas. Y lo hace en un medio que hoy, 4 de septiembre de 2015, abre su portada con el morbo de un niño, precisamente sirio, muerto en una playa, ahogado por la ineficacia de su país y la intolerancia de la comunidad internacional.

Aparece para decir, abiertamente, como quien cree que tiene la absoluta verdad, que ningún país puede «aguantar» tal cantidad de refugiados como la que, por ejemplo, prevé Alemania recibir. Lo hace apelando a los valores de la ignorancia del clasismo. «Una oleada tan grande de refugiados no se instala en los barrios ricos, sino donde pueden», dice, ingenuo, quizás creyendo que si la oleada fuera menor, serían otros sus destinos. «Por pura solidaridad, los inmigrantes se agrupan en los mismos barrios modestos», añade. Por solidaridad. No por necesidad. Por solidaridad. Por la misma por la que se montan en una barcaza, hacinados, oliendo la muerte de los que no pudieron llegar al final de su camino. Todo eso por solidaridad. Y son «los europeos que viven en los barrios más modestos» los que perciben «ese cambio socio-cultural». Y llega lo bueno: «Centros culturales islámicos, mezquitas, carnicerías islámicas. Pero también chocan sus valores con los de los europeos. La mujer en el mundo musulmán no posee el mismo nivel de igualdad que en Europa».

Habla este señor y a mí se me acelera el corazón, me hierve la sangre por dentro. ¿Nos preocupa a los europeos de a pie que cierta parte de la población, que haya decidido ser vegetariana, monte en nuestras ciudades, acostumbradas a las ancestrales costumbres de la carne, tiendas y restaurantes especiales para vegetarianos? ¿Nos molesta a los occidentales que se levanten en nuestros barrios centros culturales japoneses? Aprendemos a comer con palillos, a degustar animales que jamás habríamos pensado, traducimos libros de autores cuyos nombres no sabemos pronunciar, vemos pura acción en los cines procedente de países que toleran, aceptan y exigen la pena de muerte… pero nos molestan las carnicerías islámicas. Sólo las islámicas, por cierto, no las kosher, que decir esto es síntoma de un claro antisemitismo.

Para ponerle la guinda al pastel, el señor Salas apela a la competencia. ¡Oh, insana competencia! «Los refugiados, muchos de los cuales tienen estudios superiores, van a competir por los puestos de trabajo pero aceptando menos dinero. Y si son buenos profesionales, los empresarios los contratarán». Y estas palabras están escritas en un medio que a día de hoy paga a sus empleados, cualificados necesariamente con una Licenciatura, por debajo del convenio establecido.

Cuando éramos tolerantes este país valía mucho más de lo que vale ahora. Ahora, dicen, el dilema es «ayudar a estos refugiados a rehacer su vida, pero temiendo que eso nos pueda cambiar la nuestra». Mi dilema es, sin embargo, si todos esos inmigrantes que dejan todo por salvar sus vidas se merecen llegar a un país donde les recibirá gente que, como este señor, no sabe lo que significa la tolerancia.

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